D. JUAN TOMÁS Y MARTÍ, UN HOMBRE IRREPETIBLE

Norberto Mesado OliverJuan Tomás i Martí (fig. 1), fue hijo de Vicente y de Antonia, naciendo con el Siglo: en 1900[1]. Hermano del político Vicent Tomàs i Martí (1890-1924), médico de profesión, fundador en 1919 de la Lliga de Solitaris Nacionalistes. Solitario nacionalista fue igualmente Juanito Coloma que, pese a su figura gallarda, no quiso maridar dado que su único amor fue la soledad y el silencio de la sierra, la suya, con su inmenso paisaje y Patrimonio Cultural. Nadie como él la conocería mejor, así como sus secretos ocultos: cuevas, abismos, yacimientos arqueológicos, su fauna nocturna, etc. Fuimos compañeros por todo ello, especialmente por lo que yo estudiaba y perseguía: nuestra arqueología con sus, normalmente, encumbrados yacimientos. Sobre ella D. Juan, que nunca había leído un libro de prehistoria, tenía su propia clasificación, así como cronología, cosa que aprendía, me dijo, “del natural”: recorriendo montes y recogiendo piedras y cerámicas; observando restos y ubicaciones. En nuestras charlas me hablaba, una y otra vez, de l´home de la moleta, y como aquello yo no lo entendía, un buen día, Juan, abriendo la gacheta del cerrojo de una gran puerta de pino que con su chasquido metálico hacia ladrar y maullar a una jauría de perros y de gatos que pululaban por aquella gran casona heredada (la nº 9 de la Calle Mártires), y luego la del portón del corral (con higuera incluida), me mostró una veintena de molinos barquiformes (que denominaba “moletes”), pertenecientes al conocido, en los libros, como Bronce Valenciano. Piedras de rodeno en forma de quilla de barca procedentes de aquellos pobladillos que salpicaban cerros estratégicos del entorno de su vasto horizonte montano. Entonces supe quien fue l´home de la moleta.

Fig. 1

Fig. 1

Juanito era seco y fibroso. Sus brazos semejaban ramas de olivo viejo, arañadas y modeladas por los vientos de tramontana, y su voz era de trueno pues parecía entrecomillar las palabras para hacerles sonar su eco.

No tenía amigos en el pueblo, salvo José Herrero, presidente, en su fundación, de la Societat d´Amics de la Serra Espadà, otro buen colaborador. Y es normal, pues en un municipio de posguerra, de misa, pan y olla, sin olvidar a la guardia civil con capote y tricornio (como en todas los poblaciones) no cabía un personaje que durante la Republica había sido masón, y al que nadie saludaba, antes al contrario, pues a su paso, si alguna mujeruca, con dolor de corazón (por sus muchos golpes de pecho) se cruzaba con él, santiguábase como si con el mismo diablo se hubiere cruzado. Era natural, lo reconozco, pues en aquella proterva contienda, la del 36 al 39, no se le atribuía la muerte de un sacerdote (y para postre del pueblo), ni de dos, ni de tres; sino, nada menos, que ¡de siete! Sus restos descansan, en el silencio de los rezos, en la cripta del presbiterio de la parroquia del pueblo, hecha ex profeso.

Fig. 2

Fig. 2

Una noche, de aquellas que deambulábamos perdiéndonos por las callejas retorcidas por asentarse en los pies del cerro, el del Castillo (como gato que se refugia en los de su amo), formando el resto de los contertulios (o nocherniegos como diría D. Ramón del Valle Inclán) José María Doñate y el Dr. Pierre Guichard (fig. 2), hispanista este último de la Universidad de Lyón, le pregunté a Juanito Coloma que me contase aquel hondo secreto: el de la muerte de los siete sacerdotes pues, conociéndole, era inimaginable tal atrocidad; aunque reconozco que era un librepensador, un defensor de la República (la culta) y un nacionalista nato (herencia de su hermano Vicent), querencias en las que no encajan bien las religiones heredadas, hijas de la rutina del diario vivir para la que no se precisa del pensamiento ni de la razón, sino del dejarse llevar por el peso de la tradición e historia heredada. Y empezábamos un rutinario peregrinar, casi un vía-crucis, por la urdimbre de esas callejas medievales, pues subyugados por la cerámica visitábamos aquellos retablos azulejeros, ondenses (salvo el de la Divina Pastora, posiblemente alcoreño) que posee Artana: el de Nª Sª de los Dolores, S. Félix de Cantalicio, S, Francisco, S. Antonio Abad, Santa Cristina (ya con fecha del 1924) … Pero, en particular, nos deteníamos ante el gran retablo de Cristo en la Cruz (fig. 3), con otro menor, adjunto, llevando los símbolos de la Pasión en donde veremos el típico color rojo (popularmente el “roiget d´Onda”) en la bandera reproducida[2], orlados por coloristas cenefas florales de la fábrica ondense de <La Campana>. Conjunto que estuvo protegido por un tejadillo, e iluminado por un viejo farol. Cenefas, estas últimas, hechas desaparecer para enmarcar las pinturas con un vulgar chapado, monocolor, de cuarto de baño o de cocina. La ronda finalizaba en la Plaza, contemplando la fachada cantonal del inmueble nº 8 (fig. 4), ante aquellos otros dos retablos cerámicos, ahora sendos exvotos: el de Salvador Lidón, apodado el Roso: “salvado milagrosamente del vuelco de su carro el día 20 de Diciembre de 1880”; y su contiguo, con el texto: Fuente milagro nacida a las seis de la tarde del día 15 de Agosto del año 1898, localizada por el zahorí de las Useras Vicente Montañés. Se está refiriendo a la Font de la Figuera, cercana al ermitorio de Santa Cristina, agua que, canalizada, fue llevada a la plaza del pueblo.

Fig. 3

Fig. 3

Fig. 4

Fig. 4

 

El asunto, el de aquellos siete sacerdotes, nos dijo en el deambular que venía de aquellos días de locura iconoclasta, pura incultura fabricada por odios viejos que siempre los hay en las sociedades, días en los que ardían conventos y se quemaban retablos esculturados, de talla, y archivos viejos; y se asesinaban a curas. El grupo de religiosos se había escondido en una cueva de la sierra. Entonces, el mando republicano del lugar sospechó que D. Juan Tomás conocería dicha cavidad y le dieron palabra que si retornaban al pueblo no les harían nada. D. Juan así lo creyó, pero al llegar los religiosos al pueblo los esposaron y bajaron a Benicàssim fusilándolos en la pared de aquel cementerio. Por ello todo el pueblo acusaría, in aeternum, a Tomás y Martí del magnicidio. Un poso político-religioso nacional que paralizaba una abertura hacia una libertad que en la vecina Francia llevaba el trilema: “Fraternidad, Libertad e Igualdad”, que traduciríamos por: concordia y armonía, autonomía y emancipación, y respeto para todos por igual sean ricos o pobres, cristianos, mahometanos, o luteranos. Pero tal caldo de cultivo en el cual se habían fraguando aquellas dos Españas venía de lejos: de aquellas guerras (inciviles como todas) que ensangrentaron el siglo XIX, al aliarse la iglesia con los tradicionalistas, encabezados por Carlos VII; y los liberales, con la liberal (por lo menos en amores) Doña Isabel II. Luego, de tal palo tal astilla y su hijo Alfonso XII no le fue a la zaga pues tenía amores prietos, fuere cortesana o zagala; eso sí: imprescindible de “raza ibérica” como la castellonense Elena Sanz, o la granadina, por un casual pues su madre había nacido en Burriana y su padre en Sueca, Adela Lucía Bernarda de la Santísima Trinidad Almerich Cardet, que tomó como ejemplo y guía de su vida a Maria Magdalena, a quien Jesús le dijo : “mucho se te perdonará porque has amado mucho”. Y es que en Adela Lucía, anidaron en su corazón, siendo casi una niña, los amores más románticos pues no podía vivir sin ellos, a los que se entregaba en cuerpo y alma hasta la misma muerte[3]. Por tal causa no encuentro bien que la primera esté arriba (en el cielo) y la segunda, supongo, abajo (en el…). Ello es: ¡Igualdad, Libertad y Fraternidad! y no aquel viejo trilema conservador (arropado por los carlistas) ¡Viva la Religión!¡Viva España! y ¡Viva el Rey![4], que nos llevó, salvo resquicios de respiro y tras el golpe de un Dictador (arropado igualmente por los curas) que no fraguaría, tras múltiples asesinatos (por ambos bandos) hasta tres años más tarde: los inicios de los “Años Triunfales”. Y con los años –los otros, los de nuestra juventud- a la aperturas de la Democracia con su legislación laicista. O lo que es lo mismo: quien quiera pan, pan; quien vino, vino; y quien las dos cosas: amén, siempre que el respeto sea recíproco. Pero ello no será del todo posible sin la Cultura de masas, pues sin ella poca democracia plena puede haber.

Fig. 5

Fig. 5

Reconozco que he tenido como amigos en aquellos pueblos menudos, que siento también míos, a sus personajes más señeros, para mí inigualables, con una Cultura, tal vez innata (me es igual) que los hizo brillar con una luz diferente. D. Juan Tomás y Martí, fue uno de ellos. Tras una muerte, que no merecía, su hermana me regalaba como recuerdo una columnilla gótica, con su basamento y capitel historiado (fig. 5) portando las armas de los Romeu[5], primeros dueños de aquel castillo medieval cuyos restos (cada vez menos) encumbran el pueblo tras haber rebasado el calvario más bello de cuantos conozco (fig. 6). Después, pude comprar a sus herederos (que poco les importaba todo aquel Patrimonio) para el Museu Arqueològic Comarcal de la Plana Baixa, la pieza más interesante de la colección de D. Juan: el Idoliforme de la Vall d´Artana. Escultura cumbre, por su tamaño, del arte mueble del Eneolítico español; y parte de aquella plural metalistería encontrada en las excavaciones que ya su padre practicara en la plaza de armas del castillo, en sus aljibes, cuando Juanito era, todavía, un adolescente.

Fig. 6

Fig. 6

D. Juan Tomás y Martí, por aquellos crímenes no cometidos, con el Primer Año Triunfal, ingresaría (con pena de muerte) en prisión, en la de San Miguel de los Reyes. Pensé que un hombre, hecho a los vientos de Espadá, a sus hondos valles y a sus picachos de cuchillo de rodeno y filo de espada, pudo pasarlo mal entre las cuatro paredes de un calabozo. De nuevo, con voz de retumbo, me dijo: ¡que va, que va! Te puc estar contant la vida de les aranyes molts dies. Y es que para seguir enriqueciendo la soledad (cosa innata y normal en él), al tiempo que dar vida al tiempo muerto, habíase distraído observando los arácnidos que pululaban por aquellas históricas paredes (entonces triste prisión), conociéndolos de uno en uno ya que para memorizarlos les había puesto nombres de santos, y con el culo de un grueso vaso vinatero habíase fabricado una lupa para observarlos mejor.

Pero entre los temas de preferencia de Juanito estaban los brujeriles, de los que hablaba, como siempre, la noche entera. También le pregunté cual era el motivo de su sapiencia en una cuestión que en los caseríos se suele ocultar. Una vez más me aplastaba con el conocimiento de su fuente más seria y original: “Es que ja el meu pare, quant per algun poble de la Serra d´Espadà se assabentaba de que havia alguna bruixa, se l´an portaba a casa de criadeta…”.

Las noches de tertulia en las que a Juanito le daba por tales temas, pues fácilmente le sonsacaba por aquello del esoterismo (nacimiento de toda religión desde la prehistoria más lejana), parecía que los toques de las horas de la torre se sucedían constantemente sin esperar a los 60 minutos. Y es que sobre las brujas (en la Edad Media denominadas en el Reino de Valencia “fetilleres”), cayó la Santa Inquisición con sus atrocidades. En el <Código da Vinci>, del escritor Dan Brown, en la pág. 158 leemos:

…La Inquisición publicó el libro que algunos consideran como la publicación más manchada de sangre de todos los tiempos: el Malleus Malleficarum –El martillo de las brujas-, mediante el que se adoctrinaba al mundo de <los peligros de las mujeres librepensadoras> e instruía al clero sobre cómo localizarlas, torturarlas y destruirlas. Entre las mujeres a las que la Iglesia consideraba <brujas> estaban las que tenían estudios, las sacerdotisas, las gitanas, las místicas, las amantes de la naturaleza, las que recogían hierbas medicinales,, y <cualquier mujer sospechosamente interesada por el mundo natural>. A las comadronas también las mataban por su práctica herética de aplicar conocimientos médicos para aliviar los dolores del parto –un sufrimiento que, para la Iglesia, era el justo castigo divino por haber comido Eva del fruto del Árbol de la Ciencia, originando así el pecado original. Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres…”.

Con el despertar de la alborada, cargado con el peso de tales historias, dejaba el pueblo cuando tras alcanzar el Collao (el de Artana), monte abajo, veía aún sobre la inmensa Plana aquel manto de niebla que, adentrándose en la mar, agrandaba el horizonte descubriéndose de la noche con su color rosado de desnudez virgen.

Por estos relatos, sé que las brujas de esta Sierra que domina por el ocaso la Plana Baixa, tenían sus aquelarres, o ritos mistéricos, en los llamados “Orgues de Benitandús”. Ese diminuto lugar, cercano a Onda, que por sus muchos años ya extinguido exhibe los cimientos de unos muros encalados (en particular aquellos de su diminuta iglesia) junto al pantano de su mismo nombre: el de Benitandús.

El parecido físico de Juanito Coloma era tal con el del Quijote cervantino, que describiendo a este conoceremos el de mi amigo, pues era “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro…, alto de cuerpo, estirado y avellanado de miembros, entrecano, y su nariz aguileña y algo corva… Como anota Martín de Riquer en su “Aproximación al Quijote”, tal aspecto físico no es arbitrario, pues los rasgos más salientes del físico de don Quijote corresponden de un modo evidentemente no casual con las características que en la obra del doctor Huarte de San Juan, Examen de ingenios (publicada en 1575) se dan al hombre de temperamento <caliente y seco> que “tiene muy pocas carnes, duras y ásperas, hechas de nervios y murecillos (músculos), y las venas muy anchas…el color del cuero… es moreno, tostado, verdinegro y cenizoso;… la voz… abultada y un poco áspera…”. Tales hombres, afirma Huarte de San Juan, son ricos en inteligencia y en imaginación, de carácter colérico y melancólico y son propensos a manías, notas todas ellas que, efectivamente, encontramos en don Quijote”. Y yo digo: y muy en especial en don Juan Tomás i Martí, con el remoquete, ya lo hemos dicho, de “Juanito Coloma”. Creo que, pese a los muchos años de vacío cronológico literario, no encaja otra descripción mejor, pues mi amigo era todo la predicho… pero aún un poco más.

Para mí, que le conocí bien, fue honorable; para los de su pueblo, que le conocieron mal, lo contrario. Y la cosa viene de lejos (ya lo hemos dicho), de aquellos turbios días de fines de la Segunda República cuando se incendiaban conventos (con sus joyas dentro), y se asesinaban a sus ocupantes, con sus sotanas fuera (para lo del disimulo). Así que a D. Juan Tomás i Martí le atribuyeron aquellos siete crímenes, un exceso para un pueblo entonces con unos 2.780 habitantes. Pero no menos cierto es que en el Archivo Histórico Nacional, FC-Causa General, 1400, Expediente 16, figura D. Juan Tomás Martí dentro de Izquierda Republicana. Pero son fichas que llevarán a cabo los vencedores a través de chivatazos y venganzas, que aprovechaba la guardia civil de la Comandancia Rural, Sección de Burriana, en el puesto de Artana. Represalia político-franquista a cuantos republicanos ejercieron: elementos de acción que capitanearon patrullas o tuvieron participación destacada en las mismas. En ellas figura Juanito Coloma.

Fueron, los sacerdotes fusilados:

José Fuertes Igualada, de 40 años; José Igualada Vicent, de 62; Joaquín Herrero Caraquitena, de 50; Enrique Martí Villar, de 49; Juan Novella Pla, de 59; Pascual Sanchis Sanchis, de 68; y Pascual Tomás Portales, de 42 años. Todos nacidos en Artana, salvo Pascual Sanchis que era de Eslida. Los cuales: “Dieron su vida por la fe durante la persecución religiosa de la Segunda República española. Siendo martirizados en el cementerio de Benicassim la noche del 29 al 30 de septiembre de 1936. Fiesta de San Miguel Arcángel” (en texto de mosén Jesús Vilar).

Mi amigo, no lo niego, era un arcaísmo viviente. Y si era remedo de corcel aquel esquelético équido de D. Quijote llamado Rocinante (pues rocín pudo ser aquel caballo matalón), mi buen amigo lo había trocado por un tractor de color amarillo, pues eran, claro, otros tiempos. Igualmente había permutando el yelmo de Mambrino (aquella bacía de barbero) por una barretina de lana con bandas de colores, rematada por un madroño que danzaba al tiempo que la explosión del motor de aquella mula mecánica. Y tieso y seco, como cirial en procesión, como Quijote sobre Rocinante, iba por las calles cuando al anochecer regresaba del monte sin conocer ni ver a vecino alguno.

De Juan Tomás y Martí podría contar muchos relatos, historia viva de su día a día; pero, para no alargar en exceso el artículo, contaré uno narrado por él, y otros dos vivido por mí.

El 1º- Como la guardia civil le veía salir con el día y volver con la noche, tramaron un gatuperio para saber a dónde iba D. Juan Tomás y Martí. Una de las familias de aquel cuartel, el de <Todo por la Patria>, tenía un mozalbete al cual le encargaron que, de alguna menara, simulase hacerse amigo de D. Juan para que le acompañase en aquellas mistéricas andanzas por la sierra. Juan, de olisco fino, lo captó de inmediato y una tarde dijo al mozo (castellano-andaluz como todos los del casal): mira, mañana con el primer sol saldremos a la sierra e iremos a un lugar apartado en donde he hallado un tesoro, diles a tus padres que te presten un buen morral del ejército para poder traerlo. Muy contento volvió el mancebo al cuartel, dando la buena nueva. Con el despunte del nuevo día marchaban ambos a por el tesoro, y tras mucho caminar, llegaron a una rambla. Entonces Juanito, alzando los brazos y simulando una gran alegría, dijo: ¡vine, vine, corre, obri la motxilla¡ Obediente, el mozo abrió el militar talego y don Juan le puso dentro aquel singular hallazgo: un vulgar bolo del río. Como es natural llegó al pueblo arrastrándose por el mucho peso, y diciéndoles a la benemérita que ya no quería volver más con aquel extraño hombre. Cuando sorprendidos abrieron el zurrón, advirtieron la burla e hicieron cruz y raya de aquel personaje, para ellos estrafalario, como jamás volverá a tener Artana.

El 2º- Un anochecer llamaba a la aldaba de casa don Juan, y su voz de trueno, respondía: pasa, pasa Norbert que la falleba es oberta. No había luz eléctrica por restricción, y de la cocina de gran campana, del siglo XIX como era toda la casona, emanaba una bailona luz de candil. Agafa asiento que estic donat el ranxo a la tropa. Me restregué los ojos y con la penumbra vi algo tan surrealista que ya le hubiera gustado catar a Berlanga para una de sus películas: una estirada mesa de tablón (a lo Juan de Juanes) tenía alrededor una serie de taburetes sobre los que posaban gatos y perros; pero también la madre, ya casi centenaria, de Juanito frente a él, mientras éste, de un caldero de cobre, con el cucharón, iba repartiendo aquella cena, la misma para los animales, su madre y él. En mi vida hubiese creído aquello si no lo hubiesen visto mis ojos. Juro ser verdad. Así era aquel quijote de nuestra sierra de afiladas u cortantes carenas, como las del filo de aquellas navajas de defensa, únicas en España por su belleza y efectividad, que se fabricaron aquí en entre los siglos XVIII y XIX, que portaron cuantos se aventuraban por los vericuetos caminos de la montaña. D. Juan Tomás y Martí moriría en brazos de su amada: LA SIERRA, con el canto de los grillos y el beso de las estrellas teniendo por almohada la dura roca -breñal y corazón del monte- y por manto el tomillo, la albahaca, el romero y la jara.

Sólo he querido que haya de él recuerdo pues, como escribiera Gabriel García Márquez: La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Y cuando ya de noche llegaron aullando sus perros al casal del pueblo, pero sin el amo, los vecinos recelaron lo peor. Al día siguiente salieron unos cuantos en su busca. D. Juan Tomás y Martí yacía, con las piernas atrapadas por el tractor volcado, en el paraje denominado La Mineta, junto a Les Penyes Altes o Aragoneses, en las cercanías en donde su hermano Vicente había encontrado aquella enigmática escultura Eneolítica con sus cuatro brazos en alto, otra deidad de un cielo y un averno perdidos en la lejanía y olvido de los siglos. En el libro de entierros del juzgado, se anotaba: “Defunción día 15 de Junio de 1977. Lugar: en el término municipal de Artana. Causa skoc traumático y asfixia, según dictamen facultativo. El enterramiento será en Artana.

Otros datos: ha sido inscrito en cumplimiento a lo ordenado por el Ilmo. Sr. Juez de 1ª Instancia de Segorbe en escrito de fecha 16 del actual. Sumario 10 de 1977, habiendo fallecido en accidente de tráfico por vuelco de tractor. 17 de Junio de 1977.

Y 3º- A los pocos días del fallecimiento de Juanito Coloma, sus tres sobrinos y herederos (que nunca había visto) me llamaron al Museo para que subiera al pueblo ya que en las pertenencias del tío notaban algo extraño; pero que no sabían qué era. Aquella casona, la de D. Juan Tomás y Martí, tenía tres plantas. En la segunda poseía, en vitrinas, las piezas arqueológicas que había ido encontrando, sobre todo puntas de flecha del Eneolítico, en su mayoría de esa salida a la Plana de la Rambla, a los pies de les Penyes Aragoneses, que por la abundancia de tales piezas D. Juan, no sin razón, creía un cazadero natural pues la fauna, tras su rastreo, quedaba constreñida por la estrechez del cauce y el monte, siendo fácilmente abatida por los arqueros. De inmediato advertí que no quedaba ni un solo sílex, y aquellas piezas líticas habían sido sustituidas por simples piedrecillas con el objeto de disimular la decoloración que el tiempo señala sobre la tela verde que tapizaban los anaqueles. Igualmente faltaban los dinerillos moriscos procedentes del Pico de Espadán, así como una pequeña inscripción romana sobre hueso. A don Juan Tomás y Martí le habían robado.

La 3ª planta de la casona (en la mayoría de ellas la destinada para almacenar las cosechas, denominadas en el pueblo dalt més amunt), se había convertido en una acumulación de plurales objetos: todo un revolutum. Aquí se custodiaban pertenencias de Vicente Tomás y Martí, como la mesa de su despacho y una calavera encima. También el ídolo Eneolítico y la columnilla gótica del parteluz de la torre del homenaje del castillo que estuvo asentada sobre la cisterna. Además, mi amigo había sido cazador de insectos, en particular nocturnos, que solía coger con ingeniosas trampas, fabricando luego menudas cajas expositoras que vendía a entomólogos, museos de ciencias naturales y universidades de Cataluña. Pero su postrera afición fue la pintura de caballete, amontonándose sus lienzos con paisajes, en especial marinas, resueltos con un buen empaste y riqueza de color; así como varios cajones conteniendo cerámica del siglo XV procedente de un testar manisero, platos y recipientes que Juanito quería restaurar y  donarme para el Museu Arqueològic Comarcal de la Plana Baixa, como grato recuerdo de nuestra amistad. No fue posible, ya no le quedaba tiempo.

Después, los sobrinos (D. Juan no había testado) me mostraron, en el suelo de una habitación, los tres lotes de benditeras que habían hecho para su reparto, cosa que me pareció un auténtico spoglio. Puedo asegurar que ningún museo español de cerámica, o de etnología, poseía una colección de benditeras como la que D. Juan había reunido con los años, y que él mismo restauraba con maestría. Sin discusión alguna era lo más valioso de aquella plural colección que se exponía en las paredes de la segunda planta, y tanto había de Manises como de los talleres cerámicos provinciales, destacando varias alcoreñas del Duque de Híjar. Recuerdo una inmensa, manisera, reproduciendo un altar barroco con su columnata y santoral en las hornacinas. Tampoco finalizó una reconstrucción ya avanzada.

Me preguntaron, los herederos, que si estaban equilibrados aquellos lotes. Como ya poco me importaba, les dije que sí. Adivinaba que iban a ser vendidos al mejor postor. Dieron la excusa que: para resarcirse, un poco, de las plurales ayudas (en pesetas) que le habían hecho a su tío, cosa que nunca creí. Cuanto menos uno de los lotes lo encontraba D. Vicente Felip Sempere, director y fundador de los museos nulenses, en un anticuario barcelonés de la calle Banys Nous, en donde adquiría 12 lluminaries d´ànimes que habían pertenecido a D. Juan Tomás y Martí. Artesanía en forja calada, confeccionada en los obradores de Artana y de Nules (Juanito Coloma distinguía los talleres por el grosor de sus planchas), con temática religiosa inspirada en las estaciones de los vía- crucis de las iglesias. Objetos utilizados para alumbrar los zaguanes de las casas. Interesantes piezas, también de los siglos XVIII y XIX, que sostenían un vaso con un pabilo que era encendido en Nules los viernes en honor de la Mare de Deu de la Soletat, y que colgadas de los balcones iluminaban, en noviembre, la nit d´ànimes. Una peculiar y bella tradición en tales municipios. Forja que se perdería con la llegada de la modernidad. Así desapareció de Artana una colección notable y, con un poco más de tiempo, la memoria de un hombre irrepetible. Valgan estas líneas como sentido homenaje.


[1] Registro Civil de Artana. Tomo 40, pág. 62.

 

[2] Retablos populares en la línea de Alejandro Sol, hacia el año 1875. Agradecimiento al amigo V.G.E.

[3] MESADO OLIVER, N. (2011): “Adela Lucía. La última amante de un rey romántico. Entre la historia y la leyenda”. Col.lecció Universitària. Diputació de Castelló.

[4] Pascual Cucala, tras sus refriegas con los liberales, entraba en los pueblos dando vítores a Carlos VII, a la Inmaculada Concepción y a Pio IX, el cual en su encíclica Syllabus incide contra la libertad religiosa, el progresismo y la democracia, llegando a condenar nueve veces a la masonería.

[5] MESADO OLIVER, N. (1993): “Evolució històrica de l´escut d´Artana”. Agrupació Cultural les Penyes Altes. Ajuntament i Caixa Rural Sant Joseph. Artana.

  1. Molt interesant!!!!, no em de pedre la memoria.

  2. Pentapolin del arremangado brazo

    Las mujerucas a las que usted se refiere , son las que , en gran medida , han sacado a las familias de Artana adelante . Probablemente el sr Juan Tomás , no ocuparía mucho tiempo en sus vidas . Tenían otros quehaceres como criar y educar a sus hijos . Hay que disculparlas si en esa tarea no han tenido tanto éxito como su madre , Sr. Mesado .

  3. Pentapolin del arremangado brazo

    Don Quijote hubiera defendido a esos hombres hasta morir con ellos. A cada cual lo suyo , por favor.

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